LA SEÑORA MULLIGAN
La señora Mulligan quería llevar otra vida. Siempre había deseado vivir una vida distinta a la que ya tenía.
La señora Mulligan vivía en un barrio muy bonito con su marido. Tenían dos hijos, chico y chica, que ya eran mayores y vivían por su cuenta.
La señora Mulligan había sido maestra de escuela, pero dejó de trabajar para hacer las tareas de la casa. Su marido era el jefe de una empresa súper importante.
Muchas tardes iba a los cumpleaños de los hijos pequeños de sus vecinas. Llevaba regalos y grababa videos con su cámara digital último modelo. Luego editaba el video con su ordenador, lo grababa en un CD y se lo regalaba a los papás del niño dentro de una caja de colores. Siempre se quedaba para ella una copia de todos los videos. Por las tardes, cuando estaba sola en casa y empezaba a oscurecer, la señora Mulligan se desnudaba, sentada en su sofá carísimo frente a la televisión plana colgada en el muro, y se masturbaba viendo las imágenes de los niños.
Por las noches, cenaba con su marido y escuchaba todo lo que tenía que contarle. Fingía que le interesaba, y sonreía cada vez que él soltaba una gracia o se hacía el chulo. El marido cenaba con el traje aún puesto. Ella se vestía como si fueran a cenar fuera, y usaba algún collar de perlas. También iba perfumada. Sabía que a su marido no le gustaba sentarse junto a una mujer vulgar.
Ya en la cama, si el marido no estaba cansado, le pedía que le diera unos buenos azotes. Anne, que así se llama nuestra protagonista, accedía complaciente. Azotaba el culo fláccido y peludo de su esposo, con las manos, un látigo o una vara, hasta que eyaculaba y caía rendido sobre las sábanas de seda. Aprovechando estos momentos de calma y una cierta sensación de victoria personal, Anne tomaba un bombón y leía un rato hasta que el sueño la vencía a ella también.
Una tarde, justo cuando había empezado a introducirse un dildo por la vagina mientras contemplaba una película infantil checoslovaca de los años setenta protagonizada por una niña y la versión humana de su oso de trapo, sonó el teléfono. Era una de sus amigas (al menos la llamaba así, amiga, pero solo era una vecina), que quería darle una noticia bomba: habían arrestado al párroco del barrio, acusado de abuso de menores. La noticia estaba siendo televisada en ese momento, así que la señora Mulligan quitó el DVD y puso las noticias.
El locutor narraba cómo la policía había seguido el rastro de una red de pornografía infantil, de la cual el párroco, don José María, más conocido como “el padre Chema”, parecía ser el principal responsable. Anne vio horrorizada cómo los padres de los monaguillos de la parroquia lloraban consternados al enterarse de la noticia.
Anne iba con mucha frecuencia a esa parroquia. Conocía al padre Chema, y le tenía un gran cariño. No entendía cómo podía haber hecho algo así. Ella sentía placer sexual al pensar en niños, pero jamás había mantenido relaciones sexuales con uno de ellos, ni consumía pornografía. Le parecía algo inhumano. La resolución de sus placeres no tenía por qué afectar a un ser inocente.
Se mantuvo pegada al televisor y los periódicos, siguiendo el caso al detalle. Finalmente, don José María fue puesto en libertad por falta de pruebas. Los medios acusaron a la Iglesia de interceder en el caso, pero para Anne eso no suponía ninguna diferencia. Lo importante es que el padre Chema estaba libre, dispuesto a empezar una nueva vida. Un dolor tan grande solo podía traer un cambio aún mayor, y eso la excitaba hasta cotas inusitadas.
Anne visitó al padre Chema en su apartamento. Le pilló preparando las maletas: regresaba a su pueblo, a la casa abandonada que le vio crecer. La señora Mulligan, sollozando, le explicó hasta qué punto entendía sus padecimientos. Le habló de su inclinación por los niños, y de cómo rezaba al Señor para que la ayudara a dominar sus impulsos. “Ahora que ha dejado el sacerdocio, puede aceptar una esposa”, le dijo arrodillada. “Tómeme a mí, padre”.
Chema le pidió que se levantara del suelo y enjugara sus lágrimas: “Está bien, vendrás conmigo. Vuelve a tu casa y recoge tus cosas. Mañana partiremos con la primera luz del alba. Y tutéame, por favor”.
Anne volvió a su casa. Su marido aún no había vuelto del trabajo. Preparó una bolsa de viaje con algo de ropa, documentación, joyas y los CDS con los videos de cumpleaños. Dejó un post-it pegado en la nevera: “Te abandono. Cuídate, Anne”. Volvió en autobús al piso de Chema, pensando en todas las cosas que iban a plantar en su huerto.
Los dos, el padre y la señora, se adaptaron estupendamente a la vida en el pueblo. Allí nadie conocía a Anne, y apenas se acordaban de Chema. Tampoco sabían nada de su proceso ni de la pornografía infantil: el resto de aldeanos eran viejos y muchos ni siquiera tenían radio o televisión. Era un rincón olvidado del mundo, que también había decidido olvidar a aquellos que lo olvidaron.
Aunque no podían casarse (Anne ni siquiera se molestó en pedir el divorcio), hacían vida de casados. Dormían juntos, paseaban de la mano, criaban tomates, lechugas y pepinos en el huerto de la finca, y eran felices. Cuando se calentaban, ella le ponía los vídeos de cumpleaños en un portátil que compró en una de sus escasas excursiones a la ciudad más cercana. Se masturbaban uno al lado de la otra, en silencio. Ese era todo el sexo que compartían, y era suficiente. Nada les faltaba, Chema tenía sus buenos ahorros.
Llegó el verano, y con él las fiestas del pueblo. Siendo un pueblo tan pequeño, la cosa se reducía a una procesión de la talla de la virgen por las callejuelas polvorientas y unos fuegos artificiales a medianoche. Al terminar la procesión, el matrimonio regresó placidamente al hogar. Allí les esperaba una sorpresa: un todoterreno aparcado en la puerta.
Anne lo reconoció al instante: era el coche de su marido. De su antiguo marido. Sin embargo, él no esta allí. Tan solo el monstruoso cacharro, vacío.
Esperaron intranquilos, preguntándose cómo habría podido dar con ellos, hasta que poco antes de medianoche tocaron la aldaba de la puerta. Anne abrió. Chema rezaba el Rosario.
El antiguo esposo habló con buenos modos. Venía a llevarse a Anne de vuelta a casa. “Esta es mi casa”, respondió ella. Entonces el empresario la agarró del pelo y empezó a golpearla. Chema logró separarle, dejando mechones del rubio cabello de la esposa por el suelo.
Chema trató de contener al empresario. Aludió a su piedad cristiana. Pero nada, ni siquiera Dios, parecía ser motivo suficiente para renunciar a la mujer que creía pertenecerle por derecho.
En ese momento, comenzaron a sonar los fuegos artificiales. Aprovechando el sobresalto que había causado el ruido en los hombres, Anne cogió el martillo con el que esa misma mañana había repasado los clavos de la mesa del comedor. Hundió el metal en el cráneo de su exmarido con toda la fuerza que cabía en su cuerpo. La sangre salpicó todo su pecho, que se agitaba sin control. En el suelo, junto a los mechones de pelo arrancado, rodaron los dos globos oculares del hombre recién ajusticiado.
Enterraron el cadáver en el huerto. Mientras Chema limpiaba, Anne llevó el todoterreno hasta una carretera comarcal, donde lo dejó aparcado en el arcén con las llaves puestas. Alguien se lo llevaría.
Pasaron los años, y la señora Mulligan y el padre Chema vivieron gozosos. Nadie volvió a presentarse por sorpresa. En el huerto, justo en el lugar donde enterraron el cadáver, nació un ciruelo muy hermoso. Decidieron abrir una escuela infantil, aprovechando que nuevas parejas de inmigrantes habían llegado al pueblo, llenos de hijos y retoños por nacer.
El negocio duró poco, y Anne se decantó por la literatura. Chema se volvió arisco, y dejó de hablar con su mujer o el resto del mundo. Una mañana, lo encontraron en un pozo, muerto.
La señora Mulligan tomó todo el dinero que había en la casa, y escapó. Antes de tomar el autobús de línea, ya sabía perfectamente cómo sería su nueva vida.